Ley Mordaza – Gag Law
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    La ley primera de nuestra República

    La ley primera de nuestra República
    “Ley de Ajuste Cubano o Muerte. Venceremos”, deberían cantar los
    jerarcas cubanos entre mojito y mojito en sus mansiones de Miramar
    Luis Manuel García Méndez, Houston | 19/08/2014 3:00 pm

    En su discurso por el 55 aniversario del triunfo de la insurrección
    contra Fulgencio Batista, el general Raúl Castro afirmó que “Esta es una
    Revolución que ha hecho realidad y proseguirá cumpliendo el profundo
    anhelo martiano que preside la Constitución de Cuba: yo quiero que la
    ley primera de nuestra república sea el culto de los cubanos a la
    dignidad plena del hombre”. Lo hemos escuchado tantas veces que se ha
    convertido en un ruido ambiental, como esas canciones de moda que repite
    sin cesar la radio, hasta que pierden todo su significado, si alguna vez
    lo tuvieron. La frase forma parte de un discurso pronunciado por José
    Martí el 26 de noviembre de 1891 en el Liceo Cubano de Tampa, invitado
    por el club Ignacio Agramonte.
    Y desde que culparan a Martí, sin derecho a réplica, del asalto al
    Cuartel Moncada, nos vienen repitiendo que la llamada revolución es, ni
    más ni menos, la realización del pensamiento martiano.
    El artículo 1 de la Constitución Cubana dice: “Cuba es un Estado
    socialista de trabajadores, independiente y soberano, organizado con
    todos y para el bien de todos, como República unitaria y democrática,
    para el disfrute de la política, la justicia social, el
    bienestar individual y colectivo y la solidaridad humana. ¿Es esa la
    dignidad plena del hombre a la que hace referencia el prólogo?
    ¿Disfrutan todos los cubanos de libertad política, bienestar individual
    y colectivo, democracia y solidaridad?
    Ante todo deberíamos saber qué se entiende por dignidad del hombre y a
    qué se refiere Martí cuando habla de “la dignidad plena del hombre”. Si
    no, nunca sabremos si el castrismo ha cumplido el sueño martiano.
    Ya Cicerón, Platón y Aristóteles se interesaron en el tema. Si en la
    Edad Media el destino del hombre era ser a imagen y semejanza de Dios y
    cumplir su destino no en el mundo terrenal sino en la eternidad, desde
    Petrarca, el tema de la dignidad del hombre se refirió al aquí y al
    ahora, al compás de los estudios humanísticos, es decir, el estudio por
    los hombres de la obra de otros hombres. Así, para Pico della Mirandola,
    el hombre dispone de la libertad para hacerse a sí mismo y depende
    únicamente de él elevarse a la categoría de ángeles o caer a la de
    bestias. De hominis dignitate, la introducción de su obra, subraya el
    derecho a discrepar, el respeto por la diversidad cultural y religiosa y
    el derecho a enriquecerse partiendo de la diferencia. Tanto su “Discurso
    sobre la dignidad del hombre” como toda la obra de los humanistas
    subrayan que el hombre es dueño de su propio destino y debe forjarlo con
    su inteligencia y su esfuerzo. No está supeditado a los designios de los
    dioses. Ahora el hombre es autónomo, “señor de sus acciones”, no un mero
    súbdito de poderes divinos o humanos. Y ello nos conduce a la
    Declaración Universal de de 1948, que en su artículo
    primero postula que “todos los seres humanos nacen libres e iguales en
    dignidad y derechos”.
    Ese documento estipula que todo hombre tiene derecho a la libertad y que
    nadie será sometido a servidumbre. Que toda persona tiene derecho a
    salir de cualquier país, incluso el propio, y a regresar a éste. Habla
    del derecho a la propiedad así como a las libertades de pensamiento, de
    conciencia y de religión, y el derecho a manifestar en público o en
    privado sus creencias y a no ser molestado por ello. El derecho a
    investigar y recibir informaciones y opiniones y a difundirlas sin
    limitaciones. “Toda persona tiene derecho a un nivel de vida adecuado
    que le asegure, así como a su familia, la , el bienestar, y en
    especial la alimentación, el vestido, la , la asistencia
    médica”. Habla también del derecho a la educación que debe ser gratuita
    y para todos, al menos en los niveles elementales.
    Coincidiremos en que un hombre que disfrute de libertad para crear,
    creer, opinar, difundir sus ideas y no ser molestado por ello, un hombre
    con derecho a desplazarse, a disponer de un nivel de vida adecuado que
    le asegure salud, bienestar, alimentación, vestido, vivienda y
    educación, disfruta de “dignidad plena”. Aunque sujeto a las normas del
    contrato social, gobierna su vida, no los dioses, ni otros hombres
    invocando una idea, una patria o sucedáneos.
    ¿Y cuál era para el apóstol “la dignidad plena del hombre”?
    En aquel discurso de 1891 Martí también habló de algunas cosas que, como
    de costumbre, se escamotean. Después de la manoseada frase “yo quiero
    que la ley primera de nuestra república sea el culto de los cubanos a la
    dignidad plena del hombre”, dice: “En la mejilla ha de sentir todo
    hombre verdadero el golpe que reciba cualquier mejilla de hombre:
    envilece a los pueblos desde la cuna el hábito de recurrir a camarillas
    personales, fomentadas por un interés notorio o encubierto”. Pero
    cualquier malintencionado podría interpretar que una paliza a las Damas
    de Blanco deberíamos sentirla como propia, y que una misma familia en el
    poder durante 55 años rebasa la mera camarilla para convertirse en
    enfermedad crónica.
    El castrismo, que ha hecho de la difamación un arte, tampoco suele citar
    otra parte del mismo discurso: “Ni misterios, ni calumnias, ni tesón en
    desacreditar, ni largas y astutas preparaciones para el día funesto de
    la ambición”. Y continúa el apóstol con otra referencia que tampoco
    gusta a los mayorales de un país donde la obediencia, como en los
    tiempos del barracón, es la virtud primera: “O la república tiene por
    base el carácter entero de cada uno de sus hijos, el hábito de trabajar
    con sus manos y pensar por sí propio, el ejercicio íntegro de sí y el
    respeto, como de honor de familia, al ejercicio íntegro de los demás; la
    pasión, en fin, por el decoro del hombre, o la república no vale una
    lágrima de nuestras mujeres ni una sola gota de sangre de nuestros bravos”.
    Y, desde luego, a quienes durante medio siglo nos han vendido el humo de
    la felicidad futurible tampoco les agrada citar otra zona de aquel
    discurso: “Para verdades trabajamos, y no para sueños. Para libertar a
    los cubanos trabajamos, y no para acorralarlos. ¡Para ajustar en la paz
    y en la equidad los intereses y derechos de los habitantes leales de
    Cuba trabajamos, y no para erigir, a la boca del continente, de la
    república, la mayordomía espantada de Veintimilla, o la hacienda
    sangrienta de Rosas, o el Paraguay lúgubre de Francia! ¡Mejor caer bajo
    los excesos del carácter imperfecto de nuestros compatriotas, que
    valerse del crédito adquirido con las armas de la guerra o las de la
    palabra que rebajarles el carácter! (…) cerrémosle el paso a la
    república que no venga preparada por medios dignos del decoro del
    hombre, para el bien y la prosperidad de todos los cubanos!”.
    Ya se sabe que el cubano de a pie es muy mal pensado y podría creer que
    José Martí avizoraba el futuro, y que nos instaba a buscar en la patria
    forjada con sacrificio y sangre “la esencia y realidad de un país
    republicano nuestro, sin miedo canijo de unos a la expresión saludable
    de todas las ideas y el empleo honrado de todas las energías, ni de
    parte de otros aquel robo al hombre que consiste en pretender imperar en
    nombre de la libertad por violencias en que se prescinde del derecho de
    los demás a las garantías y los métodos de ella”.
    Lo cual resume bastante bien el concepto martiano de “dignidad plena del
    hombre”: un ciudadano no sujeto a tiranías al estilo de Rosas o de
    Francia, ni donde algunos se valgan “del crédito adquirido con las armas
    de la guerra o las de la palabra” para rebajar a sus compatriotas, un
    hombre libre de realizar sus energías y de expresar sus opiniones, un
    hombre que pueda desarrollar sin obstáculos el trabajo de sus manos o de
    su inteligencia y pensar por sí mismo.
    Se objetará, no sin razón, que en ningún país del mundo se cumplen en su
    totalidad las condiciones que garanticen la “dignidad plena del hombre”.
    Suele ser un argumento recurrente de las dictaduras, dado que incluso en
    las naciones más avanzadas es fácil detectar incumplimientos de la
    Declaración de los Derechos Humanos. No obstante, a nadie se le
    ocurriría equiparar las libertades y el bienestar en Corea del Norte,
    Somalia o Haití, con Suiza, Noruega o Estados Unidos.
    Hasta donde conozco, ninguna nación que no sea Cuba explicita en su
    carta magna el derecho de todos los ciudadanos a la dignidad plena. Si
    la revisamos encontraremos que, al menos en el texto, todos los
    ciudadanos tienen derecho a la alimentación, la salud, la educación, el
    vestido, la vivienda, y disfrutan de y reunión,
    política y religiosa. Pero todas esas libertades y derechos están
    supeditados a la libertad suprema del Estado, y el Estado es, a su vez,
    propiedad de un hombre y su familia, dado que la ley electoral cubana
    está diseñada para que siempre ganen los mismos. Con la libertad de
    cualquier tipo ocurre lo mismo, dado que incluso la más pequeña
    asociación entre personas está monitoreada, cuando no directamente
    dirigida, por el Estado. Si repasamos el resto de los derechos veremos
    que, efectivamente, el cubano tiene el derecho a la educación y a
    recibir asistencia médica. A cambio, el resto de los derechos, incluso
    los más elementales, alimentación, vestido y vivienda, por no hablar de
    las libertades de conciencia, opinión y expresión, han sido
    diametralmente derogados. El derecho a la propiedad es relativo y está
    siempre condicionado por las abusivas prerrogativas del Estado. Hasta
    hace muy poco ningún ciudadano podía vender su propia casa, sus tierras
    o su automóvil. Quien abandonaba el país era despojado hasta de sus
    objetos personales, y hasta la reciente aparición de los pequeños
    negocios por cuenta propia el monopolio del Estado era absoluto.
    Aparte de los derechos a la educación y la salud (hoy muy mermados) que
    el Estado cubano se ha encargado de publicitar hasta la saciedad, no
    encontramos ni una sola ley que garantice, efectivamente, para todos los
    cubanos, sea cual sea su credo o sus convicciones políticas, las
    libertades de las que debería disfrutar. No escasean, en cambio, leyes
    como la Ley 88 de Protección de la Independencia Nacional y la Economía
    de Cuba, o “Ley Mordaza”, o la modificación constitucional de 2002 que
    declara “irrevocable” el régimen imperante, grilletes legales que
    aseguran la pérdida de las libertades ciudadanas.
    Al supeditar la vida de todo ciudadano cubano a las decisiones de un
    solo hombre que actúa, supuestamente, en nombre de un solo partido,
    queda derogada, más allá de cualquier retórica, la condición primera de
    la dignidad que es la libertad, la no sujeción a servidumbre alguna.
    Existe, sin , una ley que ha garantizado, al menos para la sexta
    parte de la población cubana, el disfrute de libertades de expresión y
    reunión, las libertades políticas y económicas, así como la libertad de
    movimiento impensable para el resto de sus compatriotas.
    La Ley de Ajuste Cubano promulgada en 1966 brinda desde entonces refugio
    y asilo a los nacidos en Cuba que accedan a territorio norteamericano.
    De acuerdo con los datos del Pew Hispanic Center (2012), en Estados
    Unidos viven aproximadamente 1,9 millones de ciudadanos cubanos o de
    origen cubano, el 3,7% de los inmigrantes latinoamericanos, tercer grupo
    más numeroso después de mexicanos y puertorriqueños, y los más
    concentrados geográficamente. El 70% de la población cubana vive en La
    Florida y el 60% de ellos nació fuera de Estados Unidos, en contraste
    con el resto de los residentes de origen latinoamericano (37%). Esta
    concentración les ha permitido crear uno de los lobbies más poderosos en
    razón de su origen étnico e influir en la política norteamericana más de
    lo que cabría esperar por su peso demográfico. Más de la mitad de los
    cubanos arribaron después de 1990 y su media de edad es de 40 años. El
    58% de los cubanos dominan el inglés con fluidez frente al 35% del resto
    de los residentes de origen latinoamericano, y mientras entre estos el
    13% tiene educación superior, entre los cubanos mayores de 25 años, el
    24% posee una titulación universitaria. Eso explica que su ingreso anual
    promedio sea de $25.000 frente a los 20.000 del resto. La cuarta parte
    de los cubanos no cuenta con seguro médico, y el 31% de los demás
    latinoamericanos. Y el 57% de los cubanos son propietarios de sus casas
    frente al 47% de los demás residentes de origen hispanoamericano. Los
    cubanos que viven por debajo del umbral de pobreza son el 18%, casi los
    mismos que la población general de Estados Unidos (15%), cifra que
    asciende al 25% entre el resto de los residentes de origen hispanoamericano.
    Varios factores explican esta ventaja de los cubanos respecto a
    inmigraciones más antiguas y asentadas como la mexicana y la
    puertorriqueña. En su primera oleada migratoria de inicios de los 60,
    Cuba exportó a casi toda su clase empresarial, los que hoy llamaríamos
    emprendedores, expropiada de sus bienes. Junto a ellos emigró una buena
    parte de la clase media y media alta, sobre todo de profesionales
    afectados por las nuevas leyes. A pesar de sus enormes pérdidas, este
    grupo, que habitualmente trabajaba con empresas norteamericanas, no
    tardó en reinsertarse y prosperar en la nueva tierra. A partir de
    entonces la diversidad sociocultural de la emigración cubana ha sido un
    reflejo de los en el país de origen, con la excepción del Mariel
    (1980) cuando fueron enrolados por el cubano miles de convictos
    y enfermos mentales. La nueva emigración que se produce a partir de los
    90 registra un aumento significativo de los profesionales altamente
    calificados provenientes de Cuba o de terceros países, pero casi todos
    formados en la Isla gracias a sus facilidades educacionales. Mano de
    obra altamente calificada que no disponía en origen de un espacio
    profesional y retributivo acorde con sus expectativas. Una emigración
    mayoritariamente urbana, blanca, con fuertes pulsiones de consumo y
    ansiosa por explotar las posibilidades que en su país de origen, por
    ley, le estaban vedadas.
    Aunque la Ley de Ajuste Cubano hay que leerla no estrictamente en clave
    humanitaria, sino en las claves geopolíticas de la Guerra Fría —ninguna
    otra población de Latinoamérica, continente pródigo en dictaduras, ha
    disfrutado de algo semejante—, no es menos cierto que sus efectos sobre
    la sexta parte de la población cubana han sido extraordinariamente
    beneficiosos (tanto como la rápida y feraz reinserción ha beneficiado,
    de paso, al país de acogida).
    Me atrevería a afirmar que ninguna ley dictada por los cubanos durante
    el último medio siglo ha contribuido como esta a realizar “el carácter
    entero de cada uno de sus hijos, el hábito de trabajar con sus manos y
    pensar por sí propio, el ejercicio íntegro de sí y el respeto, como de
    honor de familia, al ejercicio íntegro de los demás; la pasión, en fin,
    por el decoro del hombre”, “sin miedo canijo de unos a la expresión
    saludable de todas las ideas y el empleo honrado de todas las energías”,
    como dijera Martí en su famoso discurso porque, frente a la utopía
    inalcanzable (para el pueblo, la nomenklatura le dio alcance desde el
    primer minuto), “para verdades trabajamos, y no para sueños. Para
    libertar a los cubanos trabajamos”. Si una ley ha contribuido a la
    dignidad plena de sus beneficiarios, esa es la Ley de Ajuste Cubano.
    Pero no solo de sus beneficiarios directos, sino también de los indirectos.
    Según el informe de la Organización Nacional de Estadística (2014), de
    una población activa de 5.086.000, están ocupados 4.918.800, con un
    salario promedio de 466 pesos mensuales (MN)
    (http://www.one.cu/salariomedioencifras2012.htm): $19,42 mensuales, $233
    al año. Esto hace un total de $1.146.080.400 de salario anual obtenido
    por todos los trabajadores cubanos. Desde el año 2001, cuando las
    remesas a Cuba sobrepasaron los $1.000 millones anuales, la cifra no ha
    dejado de crecer. De acuerdo con un reciente estudio de The Havana
    Consulting Group, el monto de las remesas enviadas a la Isla en 2013
    ascendió a $2.777.363.411, de los cuales fueron enviados desde Estados
    Unidos $2.497.031.206. De modo que los cubanos de la Isla obtuvieron,
    por concepto salarial, $1.146.080.400, mientras que las remesas enviadas
    desde Estados Unidos por los beneficiarios de la Ley de Ajuste
    supusieron 2,18 veces esa cifra, es decir, más del doble de los ingresos
    salariales de los cubanos.
    Si la dignidad plena del hombre, en los términos de la Constitución
    Cubana, incluye el derecho a la alimentación, el vestido y la vivienda,
    resultará que la contribución a esos fines de la Ley de Ajuste, remesas
    mediante, duplica la de todas las leyes de la República, que en la
    mayoría de los casos entorpecen, más que benefician, el feliz desempeño
    económico de los cubanos. Por no hablar de las restantes libertades que
    hace medio siglo permanecen en prisión preventiva.
    Pero la Ley de Ajuste no beneficia sólo a los ciudadanos de a pie que
    reciben las remesas en Cuba, sino también a su gobernantes que la tildan
    de “Ley Asesina” y le achacan todos los males que campean en la isla.
    Sirve, junto al embargo, como perfecta excusa retórica para ocultar el
    mal gobierno y la ineficiencia crónica de los mandatarios insulares, y
    convocar de paso la solidaridad trasnacional de los compañeros de viaje.
    Pero, y esto es lo esencial, de no existir la Ley de Ajuste, los
    ingresos globales de los cubanos se reducirían dos tercios, con el
    consiguiente aumento de la miseria y el descontento. Y el gobierno
    cubano no había podido abrir periódicamente la válvula de escape para
    exportar la oposición hacia el (1966, 1980, 1994…), así como el
    flujo continuo de la diáspora, lo que habría sumado dos millones de
    descontentos a la presión interna. “Ley de Ajuste o Muerte. Venceremos”
    podrían cantar los jerarcas cubanos entre mojito y mojito en sus
    mansiones de Miramar.
    Muchos latinoamericanos sienten la Ley de Ajuste como un agravio
    comparativo, y no cabe duda de que, en algún momento, por razones más
    políticas que humanitarias, será derogada. (La Casa Real Castrista
    denunciará “esa nueva maniobra del Imperialismo”, ahora que mi sobrino
    se iba a mudar a Miami). Lo cual no significa que los cubanos, entonces,
    estén en paridad con el resto de los latinoamericanos. Para que esa
    paridad fuese efectiva, argentinos y mexicanos, dominicanos y
    colombianos, latinoamericanos todos, deberían ser expropiados de todos
    sus bienes en sus países de origen con carácter retroactivo hasta 1959,
    les deberían ser extirpados todos sus derechos y sólo podrían regresar a
    donde nacieron si sus gobernantes lo autorizan. Deberán regresar, eso
    sí, para ser sometidos a mítines de repudio, palizas y vejaciones. Les
    será negado durante un cuarto de siglo todo contacto con sus familiares
    más cercanos. Y, desde luego, se les anulará todo derecho a tener una
    casa, un automóvil, o poner un negocio en su país de origen. Y en caso
    de que visiten a sus familiares, deberán pagar no sólo los portes que
    por exceso de equipaje les cobre la compañía aérea, sino el peaje
    abusivo que la aduana de su país les endose por los regalos que llevan a
    los suyos. Además, si invitan de visita a sus padres o a sus hermanos
    que aún residen en Colombia o en Argentina, esos gobiernos, propietarios
    de todos los ciudadanos, les cobrarán un alquiler mensual por sus
    parientes. Una vez consumados todos estos despropósitos y derogada la
    Ley de Ajuste, el resto de los latinoamericanos estaría en paridad con
    los cubanos.
    Aquel discurso de Martí en 1891 ha sido titulado “Con todos y para el
    bien de todos” por la frase que lo cierra. Y en él Martí afirmó
    “¡Valiera más que no se desplegara esa bandera de su mástil, si no
    hubiera de amparar por igual a todas las cabezas!”.
    Mientras el “imperialismo” feroz dicta la ley que más ha hecho por la
    dignidad de los cubanos en el último medio siglo, el gobierno de la Isla
    ha segregado a la sexta parte de su población, reprime cualquier
    manifestación de libertad individual de los que quedan y ha
    obstaculizado durante medio siglo las libertades individuales y la
    realización personal y profesional de sus ciudadanos. Muy lejos de
    gobernar con todos y para el bien de todos, el actual gobierno lo hace a
    costa de todos y para el bien de pocos.

    Source: La ley primera de nuestra República – Artículos – Opinión – Cuba
    Encuentro –
    http://www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/la-ley-primera-de-nuestra-republica-319867

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