Ley Mordaza – Gag Law
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    Tener una escopeta, el “pecado” de un cubano

    Tener una escopeta, el “pecado” de un cubano
    Nuestro corresponsal Alberto Méndez, en reclusión domiciliaria,
    enfrentaría una sanción de entre tres y ocho años de prisión. Una
    escopeta calibre .410 de 1911 es la prueba de un supuesto delito. Aquí
    su testimonio.
    jueves, julio 30, 2015 | Alberto Méndez Castelló

    PUERTO PADRE, Cuba – Alea iacta est (la suerte está echada), me dije,
    saliendo a su encuentro. Aunque los tres policías llegados a bordo de un
    jeep aguardaban para detenerme la mañana del pasado viernes junto a la
    carretera de Cayo Juan Claro (Puerto Carúpano), en realidad el lugar del
    arresto lo había elegido yo el 2 de octubre de 2014 mientras me
    encontraba en Fort Worth, Texas.

    Los oficiales que iban a arrestarme estaban en un lugar simbólico. Justo
    a la entrada del puerto donde autoridades cubanas y norcoreanas
    ocultaron, bajo miles de sacos de azúcar en las bodegas del carguero
    Chong Chon Gang, un cargamento de armas prohibidas por la ONU que
    pretendían pasar de contrabando por el Canal de Panamá.

    Pero yo ni de forma legal o moral tenía nada que ocultar, y salí al
    encuentro de los policías a descubierto; a la vista un cañón carcomido
    de escopeta calibre .410 que este octubre cumplirá 104 años. X 11, dice
    la inscripción en el metal de la que fuera mi escopeta de niño.

    Desarmándome de a poco

    Ya el 22 de julio de 2009 la policía había incautado mi Remington
    Wingmaster 870 de calibre 12, y cancelado mi licencia para portarla.
    Todo por mi ejercicio como periodista independiente. Aquello fue un duro
    golpe, pues practico el tiro deportivo desde que tenía 12 años, y mi
    hijo menor –que vive conmigo y venía haciéndolo también desde esa edad–
    ya no podría continuar ejercitándose en su país, mientras su hermano
    mayor sí puede continuar haciéndolo con toda libertad en Estados Unidos,
    donde reside.

    Peticiones para restituir nuestro derecho constitucional a practicar el
    tiro deportivo y la caza, según el artículo 52 de la Carta Magna –“todos
    tienen derecho a la educación física, al deporte y a la recreación”–,
    fueron dirigidas al ministro del Interior Abelardo Colomé Ibarra y al
    general Raúl Castro, pero nuestros reclamos fueron desoídos.

    Claro, “todos tienen derecho” constitucional si mantienen “una conducta
    acorde con las normas de convivencia socialista”, dice el Decreto-Ley
    260 Sobre Armas y Municiones.

    Quienes en Cuba cuentan con licencia para poseer armas deportivas, según
    el Decreto-Ley No. 262 de 2008 del general Raúl Castro, incluso pueden
    importar, previo permiso del ministerio del Interior antes de viajar,
    tanto las armas como sus accesorios y municiones; autorización que avala
    la importación de escopetas y cartuchos, por ejemplo, ante las
    autoridades aduaneras. Pero al cancelar mi licencia –no por infracciones
    administrativas o comisión de delitos, sino por el ejercicio del
    periodismo independiente, esto es, la Ley Mordaza–, la posibilidad de
    importar un arma deportiva ya no existíapara mí.

    Lo decidí: ejercitaría mi derecho a la desobediencia civil

    En Texas, cuando en lugar de comprar para mi hijo una auténtica escopeta
    debí optar por traerle de regalo la réplica en plástico de una Remington
    Wingmaster, lo decidí: ejercitaría mi derecho a la desobediencia civil.
    No lo haría por mí, ni por mi hijo ni por la escopeta que, con
    tecnicismos jurídicos y silencios gubernativos, nos fue robada: lo haría
    por Todos los Derechos conculcados a los cubanos.

    Al gobierno de Cuba, que contraviniendo las resoluciones de la ONU
    embarcaba armas ocultas bajo sacos de azúcar, mientras despojaba a sus
    ciudadanos de viejas escopetas de caza por su forma de pensar, no había
    mejor forma de desobedecerlo de forma civil y pacífica que con su mismo
    actuar; pero, a diferencia de ellos, no oculto sino a la vista de todos.
    “Si el gobierno cubano embarca armas a escondidas, algo prohibido por la
    ONU, el arma que ustedes me niegan la llevo yo a la vista pública. Y
    moralmente no están legitimados para encarcelarme”, pensé.

    Aquel viejo cañón de poco calibre era todo un símbolo, y como tal, debía
    enarbolarlo pacíficamente. Era lo único que quedaba de la pequeña
    escopeta que me había regalado mi padre cuando cumplí doce años,
    obsequio que ahora yo no podía hacer a mi hijo.

    Por eso había hecho reconstruirle al arma el cajón de los mecanismos;
    aunque sin gatillo, porque ¿para qué? No era preciso disparar cartuchos:
    preciso era argumentar hechos, disparar palabras que hirieran más a la
    injusticia que el mismo plomo.

    El arresto

    Antes de salir del taller donde desde hacía meses –a la vista de los
    soplones de la (in)Seguridad del Estado– reconstruía la vieja escopeta,
    había llegado el momento vislumbrado aquel día en aquella armería en
    Fort Worth. “Te están esperando ahí afuera, para cogerte” me dijo
    alguien. “¡Vamos allá!”, dije yo entonces.

    Como el arresto debía ser público y notorio, cuando salí del taller no
    continúe por la carretera hacia los policías, sino que –según lo había
    planeado ya– me desvié unos pocos metros, encaminándome a la Tienda de
    Materiales de Construcción del otrora Central Delicias, hoy llamado
    Antonio Guiteras. Fui por allí para ser detenido a la vista de clientes
    y empleados, para que no fuera un arresto en solitario y todos pudieran
    escuchar lo que en esa detención se dijo. Y así ocurrió.

    “¿Qué lleva ahí?”, preguntó un policía mientras otros dos me rodeaban,
    después de bajar del jeep que llegó rápidamente. Al frente de la escena,
    en el comercio de materiales constructivos que fuera cuartel de los
    bomberos, la gente dejó de comprar y vender para ver qué ocurría.

    “Acaso no ve que es el cañón de una escopeta”, respondí. Era las 11:05
    a.m. Entonces el policía lo tomó diciéndome: “Deme su carné de identidad
    y el celular. Tiene que acompañarnos”.

    “¿Y los mecanismos?,” dije a los policías antes de subir al jeep patrullero.

    “¿Qué mecanismos?” preguntaron ellos. “Los de la escopeta”, añadí yo,
    sacándome del bolsillo el cerrojo. Los policías se miraron. “Ya vamos
    ganando”, me dije.

    “¿Por qué mejor no va a cazar con algún amigo? ¿Usted tiene un monte,
    no?”, increpó uno de los gendarmes. “Porque yo también tengo derecho a
    poseer armas; y el del monte, es mi padre”, concluí. El uniformado hizo
    silencio. En la tienda la gente miraba, también en silencio.

    Coda

    Conducido a la estación de policía municipal, uno de mis captores
    preguntó que si me llevaba arriba –ante la (in)Seguridad del Estado–.
    Alguien le sugirió que fuera con el arma ocupada, sin el detenido. Y al
    cabo de poco más de una hora de proceso, asistido de un camarógrafo que
    registró cada uno de mis gestos y de mis palabras, un instructor penal
    formuló el siguiente cargo:

    “Méndez Castelló, usted está acusado de portación y tenencia ilegal de
    armas [construcción mediante, porque sólo el cañón es de fábrica], que
    incurre en sanción de privación de libertad de tres a ocho años”,
    declaró el funcionario.

    “Sí. Portación y Tenencia Ilegal de Armas. Artículo 211 del Código
    Penal, porque indebidamente ocuparon mi Remington y cancelaron mi
    licencia”, respondí yo.

    “Eso no le da derecho. Usted es jurista, usted conoce la ley”, dijo el
    instructor del Departamento de Investigación Criminal y Operaciones.
    Pero yo aseguré: “Tengo los derechos universales a mi favor y por ellos
    lucharé. Estoy en desobediencia civil”.

    “¿Desobediencia civil?”, preguntó mi interlocutor.

    “La que de forma moral me permite desobedecer no la ley, sino la injusta
    aplicación de la ley. Si hoy me acusan por portación y tenencia ilegal
    de un arma, y acusan a otros por habérmela reconstruido, el ministerio
    del Interior instigó esos delitos cuando indebidamente canceló mi
    licencia para portar armas deportivas”, dije finalmente, ante oídos sordos.

    Según el instructor, la capacidad del arma para funcionar como tal
    determinará qué hacer en este caso, por lo que la escopeta será remitida
    al laboratorio de criminalística para determinar si “está apta para el
    disparo”. “Que lo está”, aseguró el capitán a cargo de la acusación,
    “porque mire: no tiene gatillo pero si tiene su aguja percutora. Es la
    mejor escopeta inventada [hecha a mano] que he visto”. El mismo oficial
    me advirtió además que “mientras se realiza el peritaje y determina el
    curso de su caso, como no tiene antecedentes penales, permanecerá en su
    casa, de la que no puede ausentarse”.

    Visto así, las puertas y ventanas de mi hogar se han transformado en
    rejas. Pero yo, en desobediencia civil, pienso como Thoreau: “Bajo un
    gobierno que encarcela injustamente, el lugar del justo también es la
    cárcel”.

    Actualización:

    Cubanet conversó con Alberto Méndez pocas horas antes del cierre de esta
    edición. El reportero había acudido a una cita con la policía la mañana
    de este 29 de julio donde le informaron que “no le dejarían salir de
    Puerto Padre”. No le aclararon, en cambio, hasta cuándo tendría lugar la
    medida. Méndez relata que él y sus interlocutores estuvieron
    “conversando como si estuviéramos en un parque” y que “le van a dar
    respuesta a su situación, pero no le han dicho nada más”.

    Asimismo, durante la cita con la policía, le preguntaron si tenía en su
    poder “pólvora u otro explosivo”, ante lo cual Méndez respondió
    inmediatamente que no. Por su parte, las autoridades no han efectuado un
    registro legal de su vivienda.

    Source: Tener una escopeta, el “pecado” de un cubano | Cubanet –
    https://www.cubanet.org/actualidad-destacados/el-derecho-a-tener-armas-en-cuba/

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